Mirarnos a los ojos.

    Me sorprende la cantidad de veces que, desde que presto atención principalmente a las infancias a mi alrededor, decidí ‘aburrirme’ yo también y dejar el celular para observar(les). En este viaje que emprendí en terapia hace meses atrás yo también tengo mi primavera lluviosa de vez en cuando, ¿quién no? Todo adulto medianamente responsable y en teoría, asumo que llora mínimo una vez al mes. Antes me enseñaron que llorar es para debiles, o eso me daban a entender. Ahora, me parece de valientes, hay que tener coraje para llorar y asumirlo. ‘Estoy mal, lloro un rato y se me pasa’, la necesaria descarga que algunos realizamos más que otros pero donde siempre estuvo la vergüenza. ¿Por qué entonces nos desesperamos si una infancia llora de frustración si nosotros con muchísimos años más también lo hacemos?

    Llorar es Salud Mental, considero que poder llorar es todo un desafío. En un mundo que va tan rápido donde no somos capaces de esperar 5 (cinco) segundos a una publicidad en alguna plataforma. 1… 2… 3… 4… 5… ¿Contaste o leíste rápido?  Desde siempre para mi, los ojos dijeron muchísimo más que la información que los portadores de esos ojos pueden generalmente compartir, o quieren/ eligen hacerlo. La mirada para mi siempre fue un misterio. 

Hay una rama en mi familia que se caracteriza por tener los ojos grandes, los míos desde temprana edad dije que eran grandes pero inútiles. No se si tanta exposición temprana a horas de pantalla por día (y noche también a veces) u otra marca registrada de otra parte de mi familia -como ser, tener astigmatismo y/o miopía-  hicieron de mis ojos grandes pero con el detalle de que les cuesta enfocar, ver nítido. Inútiles para mi. Una paradoja cuando son mi principal herramienta de trabajo, mis ojos. 


    ¿Qué miras cuando miras a los ojos? El tamaño, la forma, el color. Si se le ve el puntito negro o no, si este es grande o chico, si cambia de forma. Las pestañas, las cejas, las patas de gallo, la piel. El dolor, los secretos que guarda, algunos me dan miedo, se ven vacíos. Para mi siempre fue todo un desafío concentrarme en mirar a alguien a los ojos, hay demasiada información ahí. Información que no siempre se si la quiero saber, o la quiero brindar de mi parte pero que considero que mirando bien a otra persona lo suficientemente atenta quizás lo note, o lo notamos.


    Me sorprende lo expuestos que estamos a pantallas y ahora más aún, desde muy temprana edad sin reparo de las consecuencias en algo ‘simple’ como la vista o quizás más complejo de notar, la piel. Los dermatólogos recomiendan que si vas a estar muchas horas expuesto a pantallas debes usar bloqueador solar al igual que si salís al aire libre.

Si bien descendencia yo no tengo, me llama poderosamente la atención la fácil exposición de las infancias a las pantallas. Hasta que estoy con una y entiendo a esa gente que intenta mapaternar también, qué difícil es entretenerse siendo adulto (con problemas de adultos, o a veces sos niño con estos problemas pero ese es otro tema) y tener que entretener también a una infancia, cuando generalmente lo que nosotros hacemos es mirar el celular pero luego queremos y/o recomendamos que nuestros hijos lo usen poco, y controlarlo.

Me dije a mi misma, empecemos educando con el ejemplo. De eso me di cuenta hace poco, frente a mí tenía a una persona de unos 3 a 5 años de edad, completamente aburrida, que solicitaba atención o una pantalla. La palabra mágica, celular. Cuando casi me dispongo a decirle ‘anda a jugar’, me observo y esa persona quería lo mismo que yo, entretenerse con el celular. Ya que eso hacíamos, mientras hablábamos, en vez de disfrutar jugar con él y sacar a pasear un poco a nuestra infancia interior, nuestra imaginación, nuestro juego de niños. 

Silencié mi teléfono y lo guardé, al ton y son de ‘vamos a aburrirnos’. No era justo, yo ya había usado mi teléfono para no hacerlo y él no. Ese día con su corta edad me enseñó cómo quizás se nos pasan los buenos momentos por estar ‘distrayendonos’ o muy ocupados.

En una breve encuesta entre mis conocidos y mis pocos seguidores de instagram, pregunté cuantas horas de pantalla por día tenían o tienen las infancias que tienen a su alrededor o frecuentan (como en mi caso que no tengo hijos) y me sorprendió la cantidad de horas por día conociendo a grandes rasgos las edades de estas personas de 3 a 5 años aprox, hasta menos edad incluso, de 0 a 5 años me animaría a decir. Al no ver bien y sufrir de ansiedad me llama poderosamente la atención el relajo con el que se entrega un celular o una pantalla a una infancia.

Buscando en google me aparece lo siguiente: ‘¿Cuántas horas de pantalla por edad?

Recomendaciones de horas exposición de niños en pantallas 0 – 2 años: Nada de pantallas. 2 – 5 años: Entre media y una hora al día. 7 – 12 años: una hora con un adulto delante. Nunca en horas de comidas.’


    Queremos o pretendemos como adultos controlar esta nueva adicción cuando ni siquiera nosotros la logramos controlar. En mi caso llevo el teléfono hasta al baño, no será mucho? Admiro a la gente que casi no lo usa, me sorprende aunque hoy es casi una herramienta principal de trabajo.

Más allá de los múltiples problemas de visión que quizás más tarde pueda desarrollar esa persona de escasos años expuesta a pantallas por muchas horas al día, también está desarrollando silenciosa y otras veces no tan silenciosamente una o varias adicciones. Hoy adicción a las pantallas, al celular, a los juegos, a la play, a la comida chatarra; hay tantos derivados. 

Promovemos el sedentarismo, la inmediatez. En un mundo ansioso queremos ir más rápido aún. Así aprendemos desde niños hoy, a no tener 5 segundos para esperar una publicidad en youtube o mirar detenidamente a los ojos, y eso que a mí principalmente es algo que me cuesta de siempre. Todo es ya, cuando nada es ya en realidad.

Siempre consideré que es mejor educar con el ejemplo. De niña me acuerdo cuestionar (cuando no) a adultos que me exigían hacer determinada cosa que ellos no la hacían quizás o no como me solicitaban a mi. 

‘Los ojos son la ventana del alma’, creo que lejos de lo poético se refiere al sentido que hay que cuidar, la visión para quienes gozan de ella. También porque es una gran ventana de información, de percepción del mundo, basta observar desarmada de tapujos en una mirada profunda y observadora para saber (generalmente) que sucede.

El celular y las pantallas en general son ‘un mono con navaja’, decía mi abuela para ejemplificar algo peligroso. 

Adicción no solamente a la inmediatez de complacer un impulso, de satisfacer lo insatisfecho, de adormecer. Adicción al sedentarismo, al quererlo todo ya y no saber esperar o cultivar la paciencia (otra cosa que no es mi fuerte). Tristemente conozco más infancias de las que me gustaría que desarrollaron una obesidad a causa de su vida sedentaria por grandes cantidades de horas expuestas a pantallas, comiendo sin prestar atención a la saciedad de la comida o usando una pantalla para no pensar en comida, a cuando decir basta, a notar si es por ansiedad o tristeza. No importa cual sea tu situación siempre una pantalla va a ser la mejor opción de distracción. Por mi parte intento notar ese abuso y dar lugar al hablar, al mirar, al estar en silencio que no tiene por qué incomodar. En mis clases de música una de las primeras fue que el silencio también es música y puede decir mucho. 

Observemos más en el ao vivo que la vida es eso que pasa mientras miramos una pantalla. Mirarnos a los ojos con empatía, como personas, como seres humanos.

Las redes sociales otra gran amenaza, deshumanizan a tal punto a las personas que creo como personas que deciden o no, pero finalmente tienen una infancia a su cargo así sea por corto tiempo; considero no se están tomando con la seriedad pertinente. 




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